lunes, 28 de octubre de 2013

RICARDO RIOS (POETA DE CHINANDEGA - NICARAGUA)

Ricardo Rios.


















Fórmulas de la luz

I

De los calcetines que cuelgan de la cuerda del patio,
el sol pretende transformarse en un pie
que, apresurando su paso,
calumnia la luz.

II

Desde un molino cualquiera,  
el viento que todavía puede secar
aquel cuerpo que destila
su propia oscuridad,
enronquece el pecho de alguien
que camina sobre la acera
borrando la tarde que se ha puesto a respirar
entre la gente que pasa
y sobrevive al bullicio de la ciudad.

III

La calle camina como una mujer
que van a despojar de sus ropas.

Un hombre pasa tanteándose
los malentendidos del sol
y las emergencias de la luz.


IV

Una mujer, hermoso como un bulto de carga,
asolea sus senos.
Lleva más de una hora
esperando que su leche caliente
en los calderos de su pecho.
Un niño abre la boca.
Su aliento atiza las brasas del fogón.
En ese momento, se percibe cómo las llamas
irritan la claridad de sus ojos.

V

Amanece.
Duele escuchar la gran explosión de campanas
multando el sueño de todos los que duermen.
El sol sepulta el amarillo de sus ropas.
Sea entonces negra la tierra
que da vueltas en el día.

POETA ALEJANDRA SOLORZANO (GUATEMALA - COSTA RICA)

Alejandra Solórzano. 


















El retorno es un espejo borroso Malitzín,
una siempreviva petrificada,
un viento preso.

El regreso acá implica la infertilidad de la calma,
la lluvia del silencio,
el murmullo de dioses atormentados,
las ciénagas del terror en que todos mojamos los pies.

Una ciénaga que no seca.
Somos dueños aún de esta tierra,
somos los pájaros del insomnio
y el pasado nos dice
que no hemos terminado de regresar.

Para  entender esta condición,
veo tus ojos y los de tu niña. 
Nunca nos hablaron Malitzín,
de lo que significaba el regreso,
porque nunca acabábamos de cruzar tus ojos,
ni los de tu niña.
                                        Quizá nunca salimos.
                                        Quizá nunca llegamos.
                                        Quizá nunca regresamos. 

Incluso ahora,
dentro de las paredes de la casa Malitzín,
buscamos huir igual que de nosotras,
                                          -o al menos así lo sentíamos-
fundirnos hacinadas,
cuerpo a cuerpo,
vientre a vientre,
garganta a garganta cuando el frío nos viste
 con lo único que tiene,
cuando las estrellas no nos revelan sus signos.

Adoramos al tiempo,
aunque a veces se muestre incomprensible
Malitzín,
aunque a veces navegue
 sin ancla por nuestra memoria.
Aunque no conozcamos ya nuestros nombres,
pero sí el signo de la que mira en nosotras.